
No suelo creer en supersticiones, pero hoy se ha confirmado aquello de que “en martes ni te cases ni te embarques”, y si además cae en trece, menos. Ante un día con una presión ambiental fuera de lo normal uno reacciona de mala manera, y cuando llega la noche no se le viene a la cabeza más que un deseo: que pase ya, que pase ya… Mañana será otro día.
Ilustración: un prado en llamas, la indeseada nada que todo lo invade, la vida gris…

A veces soy un gato que lame sus heridas y se hace fuerte,
Con el fin de llevar la luna en sus poderosos ojos
Y salir a deslizar la intranquilidad por el mundo, y morder
Como ningún otro podría. Y jugar con sus presas.
Estoy en la ruina, esto todo desgraciado lo sabe; no saben,
En cambio, conquistar una mirada o lubrificar bien un cuerpo.
Yo sí. A veces soy un gato tierno y triste, ajado, una flor
Del desierto o cualquier otra bobada por el estilo; y entonces,
Sólo entonces, enamoro, y enamoro para siempre.
A veces, aunque me crea un enorme montón de basura, soy un gato
Que ansía la guerra y la obtiene; un gato solitario y en celo;
Un gato negro y demoníaco que deambula silencioso por ahí,
Entre tus piernas, en tu sangre o en todas y cada una de tus neuronas.
Eso es todo; y cuando no soy un gato, no sé muy bien lo que soy.
Zonde

Aprovechando que hoy hay luna llena, he recopilado recortes de fotografías, los he montado en una sóla imagen y aquí está el resultado, que no es del todo real pero, ¿qué es real y qué es percepción individual?

El otro día hablaba sobre cómo llegábamos a un bosque encantado en la sierra de Urbasa (Navarra) y nos convertíamos en entes blancos con reflejos de colores. Jugamos a dispersarnos entre los árboles con los duendes, gnomos y fantasmas del lugar, que nos habían perdido el miedo dejándose ver. Era una mañana de invierno, el cielo gris y los árboles pelados de frío, al igual que nosotros. Pero no desfallecimos ante el clima, y menos yo, que soy del sur y estaba más encantado que el propio bosque ante semejante espectáculo.

Nos adentramos en el bosque a primera hora de la mañana. Durante el invierno, la Sierra de Urbasa (Navarra) presenta un cierto aire mágico-melancólico que nos atrapó al instante.
Nada más llegar, nuestros cuerpos se transformaron en fantasmas y caminaron monte abajo, en dirección al nacimiento del río Urederra, pero antes quise fotografiarme junto a la piedra que anunciaba el lugar.
(continuará…)
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