
Si se ha tenido el valor o la necesidad de entrar en el laberinto, enfrentarse al minotauro que habita su centro, y salir, la espiral -raíz del laberinto- se vuelve centrífuga. El centro se convierte en un lugar amable y conocido al que ahora se entra sin temor y del que se sale sin mácula.
¡Se aprende tanto del dolor! La flecha antaño lanzada, esa que atinó donde más dolía y que produce una intensa punzada en el corazón, puede ser utilizada en beneficio propio. Cuesta aprenderlo, pero una vez conseguido, no reporta más que beneficios, equilibrio interno, autoconsciencia.
No hay verdadera alegría sin haber conocido la tristeza, no hay sentimiento de calma sin haber sido arrastrado por la ola hasta clavar los dientes en el fondo del mar.
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Intérprete: Zbigniew Preisner
Tema: Labyrinth (Egyptian opera)
Álbum: Preisner's Music (1995)
En el laberinto uno no se pierde, se encuentra. En el laberinto uno no encuentra al minotauro, se encuentra si mismo.

Un día el laberinto se convirtió en paisaje.

El minotauro se convirtió en alcantarilla, sumergiéndose en la ciudad.

Yo construí una casa en un árbol.

Por eso ahora formo parte del paisaje.

Gracias, Raquel.

He aquí un curioso laberinto de mosaico con un trazado peculiar que, a diferencia de la mayoría de laberintos romanos, es redondo. Procede del palacio del procónsul romano de Pafos en Chipre. El trenzado del camino representa el hilo de Ariadna y en el centro tiene lugar la lucha entre Teseo y el Minotauro, contemplada por tres personajes; Ariadna, un hombre y una mujer (posiblemente sus padres, Minos y Pasífae).

Este laberinto, quizás el más simbólico y antiguo conocido de cuantos existen, surgió en el área mediterránea durante la Antigüedad. Fue la prisión del Minotauro, un monstruo mitad hombre, mitad toro, que fué vencido por Teseo, héroe de la mitología griega. El principal significado simbólico del laberinto surge a partir de esta historia, representando así la vida y la muerte, el mundo subterráneo y la salvación, la reclusión y la libertad.
Jorge Luis Borges finalizaba su magnífico cuento, La Casa de Asterión, con esta frase:
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo. -El minotauro apenas se defendió.
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