
Salí a la calle ejercitando una visión poética del mundo y me encontré con la inesperada casualidad de mi vida. / Di media vuelta en la cama y el sueño tornó en pesadilla, anunciándome a gritos que la búsqueda habría de seguir. / Desperté entre sábanas enredadas a todo mi cuerpo y no supe discernir si la casualidad era sueño o realidad. / Tocaban el timbre de la puerta y, disponiéndome a abrir, di otra media vuelta en la cama desafiando a la llamada. / Parte de mi pesadilla consistía en varios toques de timbre, dudando yo si abrirle a la casualidad que aguardaba fuera. / Sonó el despertador siendo patente la luz de la mañana y se despejaron las dudas: un día más, un mundo sueño…
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Visión poética del mundo
27 de enero de 2006 | Alojado en: Prosa | 2 Comentarios
El viento en los abedules
21 de enero de 2006 | Alojado en: Prosa | 5 Comentarios
Cansado de pecar en el martilleante sonido de la culpabilidad doliente y extrema, abro las ventanas cubiertas de hiedra, hinchadas por la humedad, empujando con un sonoro golpe de efecto que levanta la inevitable nube de polvo pero que, pasado el estrépito en los ojos, las deja abiertas de par en par.
Las abro en busca de falsas esperanzas que me traigan lo que ya no necesito, como quien ya no tiene nada más que hacer por hoy, distraido y ausente, presto a recibir la vida entera de primero, aunque lo poco que pida emocionado sea que me sueñes en el aire que mece los imposibles abedules del exterior.
Soñar es todo y hoy soñaré, como al principio, en la dulzura de un comienzo, lo que yo quiera, hacerte reir y suspirar, siempre detrás de mi eterna soledad a la que habrá que engañar en una maraña de hechos, envolverle con cintas los ojos y darle tres vueltas para desorientarla, gallina cobarde y ciega, no me encuentres.
Ya perdido en los páramos de ensueño, la quietud de la noche colará la brisa marina por mis ventanas abiertas para llevarme, sin dilación, a juramentos de amor encendido que quizás traigan después el sabor de la hiel; pero yo abrí mi casa, rompí la hiedra, levanté el polvo, recibí a la brisa bienvenida y ahora no puedo más que dejarme llevar.
Melancolía de lluvia tras los cristales
14 de enero de 2006 | Alojado en: Prosa | 14 Comentarios

Caen las gotas sin avisar, de las nubes que cruzan el cielo; desprendidas, desarraigadas, con el ansia de ser lluvia que ha de mojar tu rostro, resbalar por tu cara, erizarte la piel, tocar las baldosas que pisas, precipitarse junto a tantas otras gotas que caen hacia un mar homérico que las volverá a lanzar al cielo, no sin antes haber provocado todo un simulacro de vida, de muerte, de resurrección.
Transformación
13 de septiembre de 2005 | Alojado en: Prosa | 17 Comentarios

Se detiene el tiempo por unos instantes y me sorprendo al verme suspendido entre dos extremos: la realidad y mi más profunda inspiración. Así que ahora ya no existe el presente o el futuro, ni el pasado, sólo lo permanente, lo intemporal. Entre la fantasía y la ensoñación recorro pausadamente unas sensaciones que me son familiares, mil veces presentes, pero ahora brillan con toda su fuerza e intensidad.
Noto cómo mi cuerpo se va enfriando. Ya no hay nada externo que lo caldee, pero no siento frío. Es imposible sentir frío cuando una fuerza tan inmensa te recorre y te da una nueva vida, desconocida para quienes se suelen quedar en la superficie de las cosas.
Estoy dominado por completo, aunque bien es cierto que no contra mi voluntad. El ente es estupendo. Se lleva parte de mi vida y me regala nuevas porciones que la sustituyen. Aprendo todo lo que me enseña. Es simple. Las cosas, según él, son más simples de lo que imaginaba. Pero aún así, desconfío.
Creo que tras el primer contacto consigo dominar un poco la situación, o eso parece. No creo que permita que se apodere de mi vida, pero no tengo certeza de ello. Cobra vida otra personalidad sin que “ello” se percate. Ya dije que es simple. Quizás cambios más complicados estén reservados a fuerzas futuras aún por llegar, pero esta energía, la mejor que poseo, quedará siempre en mi interior.
Virtual
3 de septiembre de 2005 | Alojado en: Prosa | 9 Comentarios
Extrañeza de mundo. Noche. ¿Es la ciudad un pozo en el que caemos por accidente? No tengo la respuesta.

En la soledad de mis paredes me encierro para evitar ser visto por última vez, callando los segundos eternos que abocan a un sueño terrible. En ciertas ocasiones salgo a la realidad y recopilo todos los datos necesarios para la ineludible conclusión de todos los días: cuánto esfuerzo sin recompensa, cuánto dolor a mi alrededor, cuánta impotencia. Nadie diría que vivo entre cuatro paredes, todo parece tan natural que me da pánico desvelar el secreto, ese gran secreto que supera todas las previsiones sobre mí mismo. Ahora que ya nada importa y todo me perturba dispongo de toda esa información que no contienen los diccionarios, que no me proporcionó la experiencia. Es lo más profundo, encerrado y sin llaves para escapar de una sala de despiece con la cancela oxidada por la humedad del entorno. Y nada importa lo demás, porque no existe, porque desapareció el viejo imperio de la vida y de la muerte sobre este asfalto que piso cada día.
En ocasiones me asomo por un pequeño agujero excavado a arañazos sobre los muros y veo un sol abrasador, o una oscuridad llena de historias vividas sin mí. Sobrevivo, y así paso cada uno de esos segundos eternos confirmándome, cada vez con más certeza, que no hay posibilidad de escapar, que el bosque se desintegró en árboles, el mar en agua, el viento en aire, el campo en tierra y, así, todo se deconstruyó. Dudo sobre si actuar o permanecer al margen. Deseo esto último sobre todas las cosas cuando me asomo por ese hueco fruto de rascar la pared; sembrar mi tierra artificial regada con agua artificial, invadirme de un bosque creado por mí, conformar mi aire, construir lo inconstruible y llegar así a ese punto en el que todos quisieran estar, aunque todavía no lo saben: un paraíso artificial, porque de los verdaderos no nos queda ni la memoria, donde vivir sin miedo al pasado.
El filtro rojo en mis ojos
17 de julio de 2005 | Alojado en: Prosa | 5 Comentarios
En un mundo tan pequeño se puede ver todo. Puedes ver al sol girando continuamente, tanto, que en un solo día da toda la vuelta. Tan pequeño es este mundo que apenas caben todos los sentimientos posibles: apenas la rabia, apenas el dolor, apenas la alegría…
En este íntimo mundo todo está al alcance de la mano, todo disponible, listo para usar. Tan íntimo es, que no hay más resolución que la necesidad de elegir, la eterna duda, la decisión permanente y muda, para paliar una soledad que no es tal, no más que un sucedáneo de la inmensa soledad que poseemos todos. Hablo de las palabras, de la imposibilidad, de cómo se esconden cuando se trata de algo importante. Hablo de lo difícil, cuando el lenguaje ya no resulta útil, cuando nos preguntamos qué hacer con el silencio si hay tanto que expresar.
Más allá de los sentidos, el mundo crece, pero ya no nos basta con el cuerpo, tan pequeño como el mundo de lo sensible, de lo sentible, de lo concreto. Este es mi silencio, el placer de lo imposible, el filtro rojo en mis ojos.
La experiencia del viaje
23 de junio de 2005 | Alojado en: Prosa | 8 Comentarios
¡Qué situación más difícil! Qué extraño el sentimiento ante la vida detenida, ante la inmensidad de la mente insatisfecha y capaz. Si me miro adentro no me conozco y, a veces, veo un torbellino que me asusta y me atrae al mismo tiempo (la excitación del abismo), en forma de fuerza centrípeta. Y no me resisto ante la tentación de dejarme devorar por mí mismo, morderme y despedazarme hasta ver qué hay debajo de la piel. Pensamiento y materia orgánica combinados para dar a luz a un corazón que palpita sólo por causa de las leyes de la sabia naturaleza; y por nada más. ¿Me equivoco? No, no lo hago. Pero no puedo rendirme. Perder la confianza en el género humano supondría perder la confianza en mí mismo y en mis potenciales. Siempre ansié encontrarme con alguien que cruzase ese profundo umbral que me separa del medio en que todos nos esforzamos por sobrevivir (egoístamente) a cualquier precio, y poder hablar, con la voz, con los ojos, con las manos, con el adorado silencio…, hablar de mí y del otro, de los otros y de este mundo y de aquel y del universo infinito, de los contingentes todos.
Hay instantes en la breve vida que poseemos en que se produce el ansiado milagro. Es entonces cuando se detiene el tiempo durante meses, o años, y recapitulamos a la vez que compartimos todo aquello que poseemos, y lo entregamos con todo nuestro amor como fuerza motora. Pero el pasado no es eterno y, en ningún caso, la evolución es conjunta. Así que, ante la imposibilidad de compartir llegado el momento, hay quien emprende una discreta retirada; ante el miedo al potencial ajeno, cuando alguien descubre el autoengaño de querer y no poder, hay quien huye rápida, sonora y torpemente; ante el descubrimiento de que la propia evolución ya no es paralela, ya no tiene paralelas, hay quien dice a todo un “sí, sí”, y se fuerza en seguir adelante buscando puntos de amarre detrás de aquella curva al final del camino que alcanza a ver, y a la que antes no se atrevió siquiera a mirar. Y lo que venga será bien recibido. “En medio de la tormenta, cualquier puerto es bueno” con tal de que no naufrague nuestra embarcación, esa que tal vez algún día nos lleve a Ítaca… Al menos intentaré que, tarde o temprano, la experiencia del viaje haya merecido la pena.
Más allá de las palabras
7 de junio de 2005 | Alojado en: Prosa | 12 Comentarios

Es tiempo de cambios. Asumo con displicencia todo lo ocurrido hasta hoy, pero me conmuevo profundamente en la sensación de lo ganado, de lo aprehendido con lazos que ya difícilmente podré desatar.
Y yo de nuevo en el punto cero, ese espacio suave y benevolente conmigo mismo en el que hago recuento de instantes, cierro los ojos y todo se me torna interior.
Las palabras fluyen torpemente, porque el lenguaje en el que quizás me fuera dado pensar, no es el latín, ni el italiano o español, sino un lenguaje del que no conozco una sola palabra, un lenguaje en el que me hablan las cosas mudas y en el que, quizás, una vez en la tumba me justificaré ante un juez desconocido.
Todo se me hace tan presente y tan vivo que me impongo el deber ineludible de sincerarme con todo aquello que me abraza, consciente de que mi libertad será también no olvidar los lazos atados libremente.
Es como si yo mismo estuviera en fermentación, echando burbujas, borboteantes y brillantes. Y todo esto en una especie de pensamiento febril, pero pensamiento con un material más inmediato, más fluido, más ardiente que las palabras. También son remolinos, pero no semejantes a los remolinos del lenguaje, que parecen conducir a perder pie, sino, de algún modo, hasta mí mismo, hasta el más profundo regazo de paz.
En este abandono del tiempo real dibujo en mi memoria un reloj imaginario que va marcando instantes que pasarán a formar parte de mí. Este reloj ha marcado tiempos que los dos hemos amado; y los seguirá marcando.
Citas en negrita:
Hugo von Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos
Arquilectura. Madrid, 1981
El peso de la historia
30 de mayo de 2005 | Alojado en: Prosa | 7 Comentarios
Es el peso de la historia, de nuestra propia historia, el que nos aplasta contra un presente lleno de interrogantes nunca resueltos.
Sólo la ausencia de memoria cura las heridas, sólo su presencia nos potencia las ansias de buscar nuevas miradas que apacigüen el caos.
Son nuevos clamores que destruyen las armonías todas, pero que se presentan como vías únicas al aprendizaje y a la demoledora inteligencia.
Dos lunas
12 de mayo de 2005 | Alojado en: Prosa | 16 Comentarios

Visto así, qué promiscuo resulta todo desde una distancia que torna en infundada a toda opinión. Pero me gusta esa posición tuya de mera observación a través de una minúscula ventana orientada a mi vida marginal, la más caótica y desordenada. No entres, por favor, no entres y sigue en tu puesto de vigía, con los sentidos atentos ante una inminente emergencia, por si es necesario actuar.
De lo que ves por esa ventana, nada te creas, pues nada es perdurable, nada es eterno, apenas momentáneo, a veces divertido… Y se juega a no ser, a parecer, a intuir sobre mantos de seda tantos caracteres, deseos e infelicidades, que el juego se torna a veces peligroso cual ruleta rusa sobre el corazón. Pero, ¿qué es nuestra vida sino poner los sentimientos en peligro? ¿Qué vida, de línea impredecible por definición, puede seguir invariable una órbita constante e inmutable? ¿Qué hay más cercano a eso que la propia muerte?
Demasiado tremendas, en fin, mis palabras para describir algo tan mundano y desangelado. Demasiado antagónicos ambos mundos, mis dos mundos, para abrazarse en un solo texto. No puede ser, el cerebro me da vueltas en la cabeza, el bolígrafo se me clava en los dedos, el papel se torna inacabable.
Queda como tarea ineludible entrar por separado en cada uno de mis mundos, uno contingente, otro tan cierto como que te estoy escribiendo… ¿o quería usar otro verbo?
