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Me lanzo al vacío,
no espero nada,
no siento nada.
Sonrío,
vuelo
porque ya llegó el viento.
Lo que soy lo esperaba
hace tanto tiempo ya
que es la hora precisa.
Lo hago, respiro,
no quiero nada
o casi nada.
Punteo las palabras,
rompo la armonía
de su sonido habitual.
Porque quiero,
porque me apetece.
Juego a que juego
y no desfallezco
aunque lo parezca.
No hay error
porque no hay
posibilidad de error.
Hablo,
miro desde fuera,
actúo desde dentro.
No me rindo,
no desespero,
busco
porque encuentro,
selecciono,
descarto, elijo.
Tiemblo,
guardo silencio,
no sé qué más guardar.
Impersonal y transferible,
letra de cambio,
espiral y laberinto.
Me defiendo,
conquisto,
me retiro a tiempo,
quiero y no quiero.
Provoco un instante,
paso desapercibido,
observo,
me sitúo
en palcos privilegiados,
actúo,
me reservo
a la casualidad.
Llega el viento,
me pregunto
si será ahora.
Dudo,
continúo,
no tengo miedo,
la queja me protege.
Este aire
me mueve,
me despliega,
me descubre.
Me arrojo,
me apetece,
planeo,
me arriesgo,
escribo
hasta donde quiero,
porque puedo querer
revolcarme en el fango,
llorar,
depender,
aprender,
o puedo no querer.
Quiero y no quiero.
Tautología,
soy y no soy,
me asombro,
me descubro,
me sorprendo,
me veo y te veo,
lo veo y me lo creo,
y no me lo creo.
Reservo y gasto
fuerza, energía,
mente, cuerpo, alma.
Indomable,
afectado,
cambiante,
mágico y real,
volátil,
peligroso,
atento a todo,
violento carnaval,
impredecible,
incognoscible
hasta mi voluntad.
Debilidad,
avance,
supervivencia,
melancolía,
me tiro de cabeza,
me estrello,
resucito,
me reencarno,
vivo y muero
por igual,
pierdo el hilo
y lo recupero,
renazco.
Grito al revés,
lamo las heridas,
agradezco,
marco territorio,
busco esencias
en los manicomios
y en los detritos
del mundo temporal.
Ahora resumiré
todo y nada,
porque no hay ley
ni norma precisa,
y mañana
será otra cosa
bien distinta.
Participar de este viaje
es ir conmigo:
lo contrario
es otra cosa.

Antes de partir
dime
piedra
a qué nuevo estado te diriges.
Porque no sólo son lágrimas de despedida
las que vierto por ti:
son gotas lloradas
tantos millones de años
que mi tristeza
no hace sino acelerar tu partida.
Después del transcurso del tiempo
que limpia,
tornando nuevas las viejas pasiones,
ya no pasan las nubes grises
amenazando tormenta en mi pelo,
ya no siento el indomable cosquilleo
de las situaciones vinculadas al mundo.
No critiques,
no condenes,
no te quejes
y ten cuidado con lo que deseas,
porque se puede cumplir.
Hay más vida al otro lado,
más allá de los límites del jardín.
La dominada cotidianidad
trae efluvios irresistibles.
Pero hoy creció la hierba
y las flores desprendieron
un aroma de primavera,
apresándome una vez más.

Ahora que se rompe el tiempo
gobernado por su gran espiral
de milenios vacíos de pensamiento,
te pregunto, vacuo oráculo de respuestas,
por qué nunca respondes a las plegarias,
sabiendo, como sé, del sinsentido
que es reclamarte a contracorriente.

Y lo sé porque en tu devenir eterno
no somos más que minúsculas partículas
a las que atender, con similar intensidad
que la existencia de las estrellas
o la permanente y eterna descomposición
de todo cuanto es, de la existencia entera.

Qué se yo, en lo más hondo de mi tierra,
de las leyes de los hombres, de tantas emociones
desatadas en conjunción con los astros todos
y de tantos sentimientos incontenibles
que inundan el mundo que mi cuerpo habita.

Es aquí y ahora, colmado de interrogantes
cuya respuesta dudo querer conocer, tierra,
cielo, tiempo intermitente plagado de agujeros
entre todos y cada uno de mis actos

que me entrego al dulce porvenir de las plantas,
al batir de alas de las mariposas,
a los vientos sublimes en tantos desiertos.

Érase una vez un símil de persona
que decidió vender su alma a la casualidad.

En la espera, acariciaba sus alas blancas.
Ha desaparecido el mago de la luz,
o quizás tan sólo se ha ocultado bajo las sombras
en un movimiento que no termino de comprender.
Luces y sombras, que son ver y mirar
mis dos mundos, mi mirada controlada,
mi vista desperdigada en claros ecos
que resuenan en las fronteras de mi entendimiento.
¿Y cómo aprehender tan magna aventura
si ya nací con alas para volar por cielos e infiernos?
Por los siglos de los siglos se abrieron dos mundos,
luces y sombras, alas y sangre,
ver y mirar, mi esencia, en un solo ser.
A veces tiemblan las paredes,
el cielo se cae a pedazos,
se desmonta la frase que te nombra.
No tengo nombre que me nombre,
ni nadie a quien nombrar,
ni nada que nombrar.
El verbo se hizo carne, bendíceme, padre,
por todos los pecados que me hicieron feliz,
por todas las traiciones a tu nombre
que trajeron luz donde sólo había tinieblas.
Perdóname, padre,
porque en vano utilicé tu nombre,
porque en ocasiones, quizás demasiadas,
emprendí la aventura de imitarte,
yo, que no tengo nombre que me nombre,
que vengo de tierras inexploradas
que poco saben del cuerpo.
Tú que creaste el cielo y la tierra,
todopoderoso monstruo de la creación,
dime, espanto, dónde quedó
la palabra primera, el limbo del corazón,
dónde mi cuna y mi estrella,
quién fue, ¿fuiste tú, padre,
quien me dejó aquí abandonado
cuando había tanto a lo lejos,
tanto que ver, y me diste ojos,
triste error los sentidos engañosos?
Pero te pido perdón por la duda,
por la admiración no profesada,
por no sentirte único,
nunca por la blanca ausencia.
Tú con tu nombre creaste este mundo,
yo sin el mío te creo a ti,
y con ello a todos los mundos
que tú creíste imposibles.
Apreté el montón de arena
en mi puño cerrado
con la esperanza de un suceso.
Y ocurrió
que luna y sol se encontraron
distraídos en el cielo de la tarde
mientras iban trazando líneas
que trazaban formas
que formaban dibujos
que dibujaban el límite
que limitaba mi angustia
hasta reducirla
a un atisbo de sonrisa,
último grano de arena
adherido a la palma de mi mano,
que el viento hizo volar;
quizás fueron las espirales del aire,
como una imposible marcha atrás.