—Quiero que me sonrías —dice él.
—Lo estoy haciendo —dice ella.
—Ya, pero cierra los ojos…
—¿Por qué?
—Porque quiero verte por dentro.
—¿Es mi alma lo que ves? —pregunta ella.
Él no responde. Y el silencio se ve interrumpido por un suspiro hondo que sale de sus entrañas.
—Eso que tocas es mi alma. Estoy segura —afirma mientras crece su sonrisa.
—Ya estamos llegando…
Así de simple, sin venganzas ni perdones. Como decía Borges, el olvido es la única venganza y el único perdón. Más aún, es la peor venganza y el mejor perdón.
Fueron los elementos marinos quienes se encargaron de omitir todo lo superfluo en esta roca, la cual es parte de un todo mucho más grande que fue remodelado a lo largo de milenios hasta convertir a esta playa cartagenera en una obra de arte natural. La perfección que un objeto alcanza cuando ya no es posible mejorarla por sustracción se podría definir como lo mínimo, esto es, una cualidad que cualquier elemento adquiere cuando el más nimio detalle ha sido reducido a lo esencial.
He empezado a fotografiar casas abandonadas con bosque dentro. Suena extraño, pero esta casa alberga un magnífico ejemplar de pino que, por su aspecto, se diría que está encantado de vivir allí. Su casa no es elegante, ni lujosa, ni cara, ni falta que le hace. Su casa es sencilla, abierta, inhabitable para los humanos y sin tejado (esto es lo que más le gusta al pino), porque puede asomarse permanentemente y ver el cielo.
No suelo creer en supersticiones, pero hoy se ha confirmado aquello de que “en martes ni te cases ni te embarques”, y si además cae en trece, menos. Ante un día con una presión ambiental fuera de lo normal uno reacciona de mala manera, y cuando llega la noche no se le viene a la cabeza más que un deseo: que pase ya, que pase ya… Mañana será otro día.
Ilustración: un prado en llamas, la indeseada nada que todo lo invade, la vida gris…