Yo no tengo filosofía, tengo sentidos. Si hablo de naturaleza, no es porque yo sepa lo que es, sino porque la amo, y la amo por eso, porque quien ama no sabe nunca lo que ama, ni sabe por qué ama, ni qué cosa sea amar… (Fernando Pessoa)
En 1984, miles de refugiados africanos llegaron a los campamentos de Sudán. A instancias de Estados Unidos e Israel se puso en marcha un vasto proyecto (Operación Moisés) para llevar a los judíos etíopes (falashas) a Israel. Una madre cristiana convence a su hijo de nueve años para que diga que es judío y así salvarle de la hambruna y de una muerte segura.
El niño llega a la Tierra Prometida. Oficialmente es huérfano y le adopta una familia sefardí francesa afincada en Tel Aviv. Crece con el temor de que descubran su secreto, no es judío ni huérfano, sólo es negro. Se convertirá en judío, israelí, francés y tunecino, una auténtica torre de Babel humana, pero nunca olvidará a su auténtica madre, la que se quedó en el campamento, y siempre soñará con encontrarla de nuevo.
Cansado de pecar en el martilleante sonido de la culpabilidad doliente y extrema, abro las ventanas cubiertas de hiedra, hinchadas por la humedad, empujando con un sonoro golpe de efecto que levanta la inevitable nube de polvo pero que, pasado el estrépito en los ojos, las deja abiertas de par en par.
Las abro en busca de falsas esperanzas que me traigan lo que ya no necesito, como quien ya no tiene nada más que hacer por hoy, distraido y ausente, presto a recibir la vida entera de primero, aunque lo poco que pida emocionado sea que me sueñes en el aire que mece los imposibles abedules del exterior.
Soñar es todo y hoy soñaré, como al principio, en la dulzura de un comienzo, lo que yo quiera, hacerte reir y suspirar, siempre detrás de mi eterna soledad a la que habrá que engañar en una maraña de hechos, envolverle con cintas los ojos y darle tres vueltas para desorientarla, gallina cobarde y ciega, no me encuentres.
Ya perdido en los páramos de ensueño, la quietud de la noche colará la brisa marina por mis ventanas abiertas para llevarme, sin dilación, a juramentos de amor encendido que quizás traigan después el sabor de la hiel; pero yo abrí mi casa, rompí la hiedra, levanté el polvo, recibí a la brisa bienvenida y ahora no puedo más que dejarme llevar.
Paseando alrededor del museo Guggenheim Bilbao, impresiona encontrarse con esta obra de bronce, acero y mármol de la artista francesa, afincada en Estados Unidos, Louise Bourgeois (París, 1911). La escultura ‘Mamá’, una araña de diez metros de altura, ocupa con sus larguísimas patas y su presencia inquietante la parte trasera de la pinacoteca bilbaína. ¡Sobrecoge pasar por debajo!
HIKIKOMORI en japonés significa inhibición, reclusión, aislamiento y este es el nombre que se ha puesto al trastorno que padecen adolescentes y adultos jóvenes que se ven abrumados por la sociedad japonesa y se sienten incapaces de cumplir los roles sociales que se esperan de ellos, reaccionando con un aislamiento social.
Los hikikomori a menudo rehúsan abandonar la casa de sus padres y puede que se encierren en una habitación durante meses o incluso años. Según algunas estimaciones, puede que haya un millón doscientos mil hikikomoris en Japón (uno de cada diez hombres jóvenes). La mayoría de ellos son varones, y muchos son también hijos primogénitos.
El aislamiento social completo parece que es principalmente un fenómeno japonés, pero jóvenes de todo el mundo sufren presión social y pueden ser objeto de burla, por lo que a menudo se crea un comportamiento parecido de odio y agresión, como por ejemplo las masacres de Columbine y de Erfurt, o suicidios como el de el joven Jokin, de Hondarribia. Algunos hikikomori han abandonado su encierro con el propósito de secuestrar y matar personas, pero son casos aislados, su naturaleza suele ser sumisa, antisocial pero de una manera no agresiva.
¿Qué está pasando en nuestro mundo civilizado? ¿Alguien sabe realmente qué hacer? O mejor, ¿alguien sabe qué se debería dejar de hacer?
Caen las gotas sin avisar, de las nubes que cruzan el cielo; desprendidas, desarraigadas, con el ansia de ser lluvia que ha de mojar tu rostro, resbalar por tu cara, erizarte la piel, tocar las baldosas que pisas, precipitarse junto a tantas otras gotas que caen hacia un mar homérico que las volverá a lanzar al cielo, no sin antes haber provocado todo un simulacro de vida, de muerte, de resurrección.
Aquellos que alguna vez hayan recorrido un laberinto, sabrán lo difícil que es andar sin ningún tipo de orientación. Esto es lo que ocurría en Stolp (Polonia), lugar en el que se encontraba el mayor laberinto sobre césped jamás construido, con un diámetro de 45 m y 19 galerías. Todo un reto para el gremio de zapateros de Stolp, que cada tres años celebraban una fiesta en la que danzaban dos personas, una fuera del laberinto y la otra adentrándose en él. Se exigía la máxima perfección en la danza, por lo que si alguno de los participantes daba un paso en falso, recibía fuertes abucheos de los allí presentes. El laberinto original fue destruido, pero se hizo una copia de él en 1935.
Aún es posible efectuar este tipo de rituales. Bastaría con dibujarlo sobre un terreno amplio utilizando una azada o esparciendo cal o arena. ¿Alguien se atreve?
Si uno pudiera ser un piel roja siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.
F. Kafka, El deseo de ser piel roja, en Contemplación, 1913