Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua,
el agua no piensa recibir su imagen.
Zenris Kushu en El camino del Zen, de Alan W. Watts
Zenris Kushu en El camino del Zen, de Alan W. Watts

Esto es lo que ocurre si miras al cielo mientras paseas por algunas calles de Bullas (Murcia). El tiempo se detiene y es fácil imaginarse recorriendo un laberinto, ávido de torcer en la siguiente esquina.
Después del paseo, siempre puedes acercarte al Salto del Usero.
Ya estamos en verano. El calor no ha hecho más que empezar y seguirá subiendo. Los aires acondicionados trabajarán a destajo y muchos sufriremos los resfriados de rigor, provocados por estos aparatos infernales. El consumo de electricidad seguirá batiendo records históricos y nos parecerá lo más normal del mundo. Los recursos naturales disminuirán todavía más con el largo período de sequía que atravesamos. El que pueda, irá a la playa el máximo de veces posible y luego se dará tantas duchas como el calor le exija. Los inconscientes que tengan piscina la llenarán, por supuesto, pese a las advertencias de ahorro del agua, y aunque no la tengan, no les preocupará darse dos duchas diarias, o tres, porque se han bañado en el mar y hay que quitarse la sal, o porque hace tanto calor que ¡anda ya!
Antepondremos nuestras necesidades económicas a las necesidades naturales, como viene siendo habitual hace decenas de años, y antepondremos nuestro bienestar personal al “bienestar común”, demostrando una vez más que aún nos queda mucho por evolucionar. Esto implicará defender todo el derroche que se nos avecina con el consabido argumento de que el turismo veraniego es uno de los motores principales de nuestra economía.
Ha llegado el verano una vez más. Qué ilusión. Millones de personas haciendo las mismas cosas, al mismo tiempo, y creyéndose que están descansando. Colas de tráfico kilométricas para entrar en las poblaciones costeras, temperaturas superando los cuarenta grados y más aire acondicionado, la radiación ultravioleta arrasando nuestra piel y nosotros tomando el sol como si nos importase más nuestro bronceado que un potencial cáncer de piel.
Situemos en una balanza el beneficio económico y el coste medioambiental de todo esto, miremos el resultado y que cada cual saque sus propias conclusiones. Si somos egoístas, nos saldrán fácilmente las cuentas a nuestro favor; si somos realistas, las cuentas no salen ni con calculadora.
Afortunadamente hay alternativas, cada cual las suyas.


Hay que erradicar la visión lineal de la realidad para moverse en espiral, que a fin de cuentas es algo más parecido al movimiento universal de todas las cosas. Si nos sumamos a ese movimiento no lineal, el ego empieza a sobrar y, a partir de ahí, comienza un duro trabajo contra uno mismo. Es muy difícil luchar contra él.
La Casa Giratoria es mi medio de expresión acerca de todo esto, el movimiento no lineal aunque ininterrumpido, el seguir adelante aceptando que el tiempo es circular, por lo que todo lo que nos rodea es tan importante como nosotros mismos; la creación entregada al otro como motivo principal, no una creación destinada únicamente a satisfacer el ego. Esta es una de las cosas más difíciles, porque en el fondo, cuando creamos, esperamos el reconocimiento, el premio, la atención…….. y así hasta infinito, esto es, un criadero de insatisfacciones.
Supongo que el artista es un egocéntrico por definición, pero prefiero pensar que hay otros caminos, otras vías de creación, que existe un camino circular alternativo que quizás sea la solución al egocentrismo que padecemos.
Lo más curioso de todo esto es que la teoría ya la sabemos hace mucho, sólo hay que ponerla en práctica, así que, ahora más que nunca, a pensar 10 minutos y a actuar 50. Y el pasado no existe, al igual que el futuro. Sólo un presente continuo con el que hay que lidiar. En eso estamos…
A Raquel

La noche de San Juan ha transcurrido un año más sin que yo me sume a sus multitudinarias tradiciones. Donde vivo, las fiestas suelen ser en la playa, pero esa fórmula ya la agoté hace mucho. Como decía mi amiga Sonela en uno de sus posts, cumplir todos los ritos y supersticiones a los ojos de los demás, saltar la hoguera siete veces como es costumbre, quemar un papel con los supuestos deseos escritos, comer sardinas con cachelos e incluso irse a bañar para recibir la embestida de las nueve olas, son algunas de esas tradiciones masivas que en la noche de San Juan se suelen hacer, además de otras muchas. Todo eso ya lo hice hace mil años mil veces. Los deseos acabaron por cumplirse de tanto insistir, más por el paso de los años que por la inmediatez del milagro, creo yo, y después surgieron más y más deseos.
Tanto es así, que de seguir por aquella vía, buscando deseos cada año, ahora tendría tantas necesidades que me sentiría realmente frustrado. Los deseos que pedí hace más de quince años, como dije, han acabado por cumplirse todos y ahora desisto de seguir pidiendo, no sea que tenga que estar esperando quince años más. Prefiero seguir en el empeño de reducir mis necesidades. Aún así, estoy convencido de que San Juan es una noche mágica, más por el solsticio de verano que por el santo en sí.
Os invito a visitar la web de una película de animación española que se estrenará el próximo 1 de julio: El sueño de una noche de San Juan. Atención al enlace “San Juan” que veréis en su menú principal.
¡Qué situación más difícil! Qué extraño el sentimiento ante la vida detenida, ante la inmensidad de la mente insatisfecha y capaz. Si me miro adentro no me conozco y, a veces, veo un torbellino que me asusta y me atrae al mismo tiempo (la excitación del abismo), en forma de fuerza centrípeta. Y no me resisto ante la tentación de dejarme devorar por mí mismo, morderme y despedazarme hasta ver qué hay debajo de la piel. Pensamiento y materia orgánica combinados para dar a luz a un corazón que palpita sólo por causa de las leyes de la sabia naturaleza; y por nada más. ¿Me equivoco? No, no lo hago. Pero no puedo rendirme. Perder la confianza en el género humano supondría perder la confianza en mí mismo y en mis potenciales. Siempre ansié encontrarme con alguien que cruzase ese profundo umbral que me separa del medio en que todos nos esforzamos por sobrevivir (egoístamente) a cualquier precio, y poder hablar, con la voz, con los ojos, con las manos, con el adorado silencio…, hablar de mí y del otro, de los otros y de este mundo y de aquel y del universo infinito, de los contingentes todos.
Hay instantes en la breve vida que poseemos en que se produce el ansiado milagro. Es entonces cuando se detiene el tiempo durante meses, o años, y recapitulamos a la vez que compartimos todo aquello que poseemos, y lo entregamos con todo nuestro amor como fuerza motora. Pero el pasado no es eterno y, en ningún caso, la evolución es conjunta. Así que, ante la imposibilidad de compartir llegado el momento, hay quien emprende una discreta retirada; ante el miedo al potencial ajeno, cuando alguien descubre el autoengaño de querer y no poder, hay quien huye rápida, sonora y torpemente; ante el descubrimiento de que la propia evolución ya no es paralela, ya no tiene paralelas, hay quien dice a todo un “sí, sí”, y se fuerza en seguir adelante buscando puntos de amarre detrás de aquella curva al final del camino que alcanza a ver, y a la que antes no se atrevió siquiera a mirar. Y lo que venga será bien recibido. “En medio de la tormenta, cualquier puerto es bueno” con tal de que no naufrague nuestra embarcación, esa que tal vez algún día nos lleve a Ítaca… Al menos intentaré que, tarde o temprano, la experiencia del viaje haya merecido la pena.

El otro día hablaba sobre cómo llegábamos a un bosque encantado en la sierra de Urbasa (Navarra) y nos convertíamos en entes blancos con reflejos de colores. Jugamos a dispersarnos entre los árboles con los duendes, gnomos y fantasmas del lugar, que nos habían perdido el miedo dejándose ver. Era una mañana de invierno, el cielo gris y los árboles pelados de frío, al igual que nosotros. Pero no desfallecimos ante el clima, y menos yo, que soy del sur y estaba más encantado que el propio bosque ante semejante espectáculo.
Rebuscando entre papeles viejos de mi infancia, encuentro un texto que no me resisto a reproducir aquí, porque ha perdurado entre mis cosas a lo largo de muchos años. He hecho tantas limpiezas materiales durante mi vida, que me sorprende que algo tan antiguo se haya salvado de la quema.
¿La vida está en las ciudades? ¿Madrid, Barcelona, Sevilla, tienen vida? ¿La vida de Madrid, Barcelona, Sevilla, dónde está? ¿Está dentro de los coches o en los coches? ¿Está dentro de las casas o en las casas? ¿Encima del asfalto o debajo del asfalto? ¿O en los parques, o en las oficinas, o en los supermercados? ¿Dónde, en los bares, o en el aire, o encima de los árboles? ¿Y dónde hay más vida, en el centro o en los extrarradios? ¿Y esa vida de qué especie es? ¿Es animal? ¿Y si es animal, es racional o irracional? ¿Y esa vida racional, cuando destruye, es racional? ¿Y cuando deforesta es racional? ¿Y cuando extingue es racional? ¿Y cuando mata es racional? ¿Y esa vida racional de qué color es? ¿Es blanca? ¿Es negra? ¿Es gitana? ¿Y si es blanca, es más vida que la negra o la gitana? ¿Y esa vida blanca y racional es feliz? ¿Es muy feliz? ¿Es muy feliz porque come todos los días, o porque tiene coche? ¿Es feliz porque trabaja, o el trabajo le hace feliz? ¿Y dónde es más feliz, en la oficina o en casa? ¿Y en casa, en qué habitación de la casa? ¿En la cocina? ¿En el dormitorio? ¿En el comedor delante de la televisión? ¿Y esa vida cree en Dios? ¿Y en el rey de España? ¿Y en el gobierno? ¿Y si el rey de España o el gobierno cambian, cree más en ellos o menos? ¿Y esa vida ama? ¿Y esa vida es egoísta? ¿Y esa vida comparte? ¿Y esa vida comparte amor o comparte egoísmo? ¿Comparte solidaridad o comparte racismo? ¿Comparte respeto o comparte desolación?
J.C. Gauli
Tómate la vida menos en serio.
Creo que es lo más racional que puedes hacer en los tiempos que corren.
En un mundo cada vez más mediatizado, en el que los niños juegan a ser adultos y los adultos se resisten a dejar de ser niños, no está de más recordar el libro de Rüdiger Dahlke, Las etapas críticas de la vida, en el que se enumeran las capacidades que ha de poseer cualquier persona que se considere adulta.
Una persona adulta debe estar capacitada para:
También implica:
¿Cuántos adultos cumplen estos requisitos y cuántos se quedan por el camino?